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lunes, 30 de marzo de 2015

La hierba crece de noche

Del libro "Razones para la esperanza", de José Luis Martín Descalzo
    Veamos cómo enfoca la tendencia actual de divulgar basura en la televisión y otros medios de comunicación. Es más contundente que un martillazo en la cabeza de un clavo que necesitamos introducir en la madera...
    No lo desaprovechen.
 
La hierba crece de noche

    No sé ya quién escribió esa perogrullada que he puesto como título de esta nota, pero sí sé que de ella viene alimentándose mi alma hace un montón de años. Porque es cierto: la hierba —como todas las cosas grandes e importantes del mundo— crece de noche, en silencio, sin que nadie la vea crecer. Porque bondad y bien empalman con silencio, así como la estupidez va siempre, acompañada del brillo y del estrépito.
   La gran peste de este mundo contemporáneo —y los periódicos estamos contribuyendo decisivamente a ello— es que en él, como anunciara Kierkegaard, sólo se conceden altavoces a los necios. Cualquier cretino de turno se casa o descasa, se pinta el pelo de verde, hace —¡oh, milagro!— dos agujeros en los pantalones de las nenas, y ahí están todas las revistas del mundo para contar su prodigiosa hazaña. Pero, en cambio, sí usted «sólo» ama, «sólo» trabaja, «sólo» piensa y estudia, «sólo» trata de ser honesto, ya puede matarse a hacer todas esas cosas tan poco importantes, que jamás saldrá en la primera página. Cualquier criminal será más importante que usted. Y así es como los hombres de hoy estamos condenados a ver perpetuamente la realidad a través de un espejo deformante.
   Sí en España tres mil cirujanos ponen su alma y sus nervios en aras de sus pacientes, nunca serán noticia. Pero Dios libre a uno solo de ellos de equivocarse en uno de sus diagnósticos o en el manejo de sus bisturíes: pronto serán los tres mil acusados de carniceros.
   Si en España veinte mil curas luchan diariamente por difundir su fe en Dios y por servir humildemente a sus hermanos, jamás cantará nadie su heroísmo en un poema. Pero que suba uno de ellos a un pulpito un día en que le duele el estómago y diga un par de tonterías, verán ustedes cómo lo cuenta hasta la televisión.
   Podríamos seguir con todas las profesiones. Podríamos añadir que del mismo bien sólo se ven los aspectos espectaculares. Yo no sé si Agustina de Aragón era una buena novia o una buena esposa, yo no sé si quería a sus padres o era generosa con sus amigas. Sólo me han contado que un día se inflamó su alma y disparó un cañón. Y la verdad es que resulta mucho más heroico amar veinticinco años que disparar un cañón veinticinco minutos.
   A veces uno se muere de risa: llevas toda tu vida luchando por escribir bien, acuñando montañas de páginas, renunciando a millares de diversiones para atarte a este potro de tortura que es la máquina de escribir... ¡y se enteran veinticinco! Pero te llaman un día a la televisión para que digas las cuatro bobadas que se pueden decir en tres minutos (y que forzosamente en aquel clima de focos y locura no pueden ser otra cosa que bobadas) ¡y luego estás durante un mes encontrándote con amigos que te dicen que te vieron en la «tele» y que hasta te valoran por ese maravilloso éxito de que tu rostro haya aparecido en ese cuadradito luminoso!
   Sí, henos aquí en un mundo superinformado que informa de todo menos de lo fundamental. Henos aquí en un tiempo en que nunca sabremos si los hombres aman, esperan, trabajan y construyen, pero en el que se nos contará con todo detalle el día que un hombre muerda a un perro.
   Presiento que aquí está una de las claves de la amargura del hombre contemporáneo: sólo vemos el mal, sólo parece triunfar la estupidez.
   Esto último no es culpa de la prensa: desde que el mundo es mundo, los tontos han hecho siempre mucho ruido. Y así como cien violentos son capaces de traer en jaque a treinta millones de pacíficos, una docena de infradesarrollados son capaces de poner patas arriba todo lo que los mejores lograron construir a lo largo de siglos.
   Frente a ello sólo nos queda la sonrisa, reírse un poco de la condición humana y de esa ancha zona de tontería que todos llevamos dentro de nuestra propia alma. Sonreír, mirarse al espejo, sacarle la lengua a la tontería externa y a la interna... y seguir trabajando.
   Porque ésta es la gran verdad: toda la necedad del mundo nunca será capaz de impedir que la hierba siga creciendo de noche... siempre que la hierba sea capaz de seguir creciendo callada y oscuramente y no caiga también ella en la tentación de envidiar a los ruidosos.
   Platón lo dijo mucho mejor: «Nada de cuanto sucede es malo para el hombre bueno.» Puede el dolor acorralarnos, pero no emponzoñarnos. Puede la injusticia agredirnos, pero no violarnos. Puede la frivolidad escupirnos, pero no ahogarnos. Sólo la propia cobardía puede conducirnos al desaliento y, con él, envenenarnos.
   Damos una importancia desmesurada al mal. Invertimos lo mejor de nuestras horas en lamentarnos de él o en combatirlo. Y casi ya no nos resta tiempo para construir el bien.
   Graham Greene decía que esa famosa estación del Vía Crucis que suele titularse «Jesús consuela a las piadosas mujeres» debería llamarse «Jesús reprende a las mujeres lloronas». Porque aquellas mujeres que tanto parecían compadecerse del Cristo sufriente, ¿no pudieron hacer por él algo más que llorar? Y añade, ferozmente, el novelista: «Las lágrimas sólo sirven para regar berzas.» Yo añadiría que «además las riegan muy mal».
   Efectivamente: sobran en el mundo los llorones, faltan trabajadores. Y las lágrimas son malas si sólo sirven para enturbiar los ojos y maniatar las manos.
   ¡Ni una lágrima, pues! Mis ojos —cuando están claros— saben, aunque no vean, que en la negrura del mundo hay millones de almas creciendo en la noche, silenciosas y humildes, constructoras y ardientes. No gritan, pero aman. No son ilustres, pero están vivas. No salen en los periódicos, pero ellas sostienen el mundo. Hay en todo lo ancho del planeta millones de flores que nunca verá nadie, que crecerán y morirán sin haber «servido» para nada, pero que estarán orgullosas por el simple hecho de vivir y de haber sido hermosas. Porque, como dijo —hablando de las rosas— un poeta, «qué importa morir, cuando se ha sido ¡y tanto!».

Por José Luis Martín Descalzo: "Querido ladrón"

   Creo -salvo opinión en contrario de los eruditos- que ayuda mucho a encontrar o reencontrar nuestra propia identidad (lo que busca con ansia la Casa de la Memoria Cultural de Cajamarca) el mirarnos en el espejo de otros pueblos, porque siendo humanos -aunque con idiomas y algunos detalles diferentes- sufrimos los mismos traumas o arrastramos iguales defectos. Y tal como lo hace notar la Biblia, teniendo esa tendencia morbosa de hurgar los "defectos" ajenos y cubrir o maquillar los nuestros, es posible que atender esas imágenes ajenas nos puede ayudar a reconocernos en ellos... y, por fin, decidirnos a cambiar para bien, ayudando a nuestra comunidad a mejorar también. Es decir, pongámonos a mirar esas identidades y, reconociéndonos, empeñémonos en resanar lo que está resquebrajado en nosotros y en nuestros vecinos, hasta lograr que desechemos los egoísmos en favor de la unidad colectiva para un mejor futuro.
   Con esa intención divulgaré algo de lo que un gran hombre español, ya muerto, hizo y que debe seguir repitiéndose como un eco, gracias al compartir y compartir con que cada uno de ustedes colaborará. Ese autor hispano fue José Luis Martín Descalzo, analista extraordinario de las circunstancias comunes de cada día y con ello hacernos reaccionar. Lean y compruébenlo por sí mismos:
 
Querido ladrón
 
   Me gustaría que este primer apunte de mi cuaderno llegase a tus ámanos, amigo ladrón, que hace dos semanas violentaste mi puerta, registraste mis cajones y abriste uno a uno todos mis armarios. Me gustaría, al menos, darte las gracias, más, incluso, que por no haberte llevado nada, por no haber alterado el orden de uno solo de mis papeles.
   Supongo, muchacho —porque estoy seguro de que eres poco más que un chiquillo—, que debiste maldecir a toda mi ascendencia al descubrir que en mi casa había sólo cosas que —desgraciadamente para ti, por fortuna para mí— no te interesaban en absoluto: libros, discos y algún objeto de arte muy cercano a mi alma, aunque no muy valioso. Tú buscabas —supongo que para seguir hundiéndote en el infierno de la droga— joyas, oro, dinero. Te hubieras ahorrado el trabajo de romperme el marco de la puerta de haberme conocido. Habrías sabido que el oro y las joyas me parecen las dos cosas más estúpidas del mundo. Y que, en cuanto al dinero, tengo una demoníaca habilidad para gastarlo más de prisa de lo que lo gano. No encontraste lo que no podías hallar. Y, sin embargo...
   Sin embargo, me quitaste —con la complicidad de mi cobardía, claro— algo de mucho más valor que los diamantes. Te explicaré.
   Yo he defendido siempre que la confianza es parte sustancial de la vida de los hombres; que sería preferible no vivir a hacerlo con el alma acorazada. Si yo no me fío de los que me rodean, y circundo mi vida y mi corazón de hilo espinado, no hago daño a quienes a mí se acercan, me lo hago a mí mismo. Un corazón desconfiado envejece de prisa. Un corazón cerrado a cal y canto está más muerto que si realmente muriese.
   Esa es la razón por la que siempre me resistí a reforzar mis puertas (gracias a ello te resultó a ti tan fácil la función de saltarlas). Y ésa misma es la causa por la que he tenido siempre la costumbre de dejar todas las llaves puestas en sus cajones y armarios (y gracias a ello tú no precisaste destrozármelos para abrirlos).
   Los tres vecinos de mi descansillo habían blindado ya las entradas de sus casas. Los tres me habían dicho mil veces que hiciera yo lo propio, ya que cada día leían en la prensa noticias de muchachos como tú. Yo siempre me reía: «En mi casa —decía— no hay cosas que puedan interesar a los ladrones.» Pero, en mi interior, era otra la razón decisiva. Sabía, sí, que la violencia es hoy uno de los grandes ejes del mundo, más prefería no verlo demasiado, no imaginar, al menos, que pudiera venir contra mí y convertirme, consiguientemente, en un «violento defensivo», en un alma clausurada.
   Había aún otra razón. Si tú me conocieras sabrías que siempre he considerado a Bernanos un poco como el padre de mi alma. Pues bien: este escritor —léelo, es mucho más apasionante que la droga—' rendía un verdadero culto a la confianza entre los hombres. Hasta tal punto que, cuando alguien le contó que en cierta región del Brasil las casas no tenían puertas, ni cerrojos, ni llaves, se marchó allí a vivir, seguro de que quienes así pensaban por fuerza habían de ser hombres completos.
   También yo me sentía vinculado a ese culto. Prefería, incluso, ser robado a construirme el alma como un castillo roquero.
   Pues bien: he cedido. Yo pecador me confieso a ti, ladrón amigo, para contarte que tu avaricia y mi cobardía juntas fueron más poderosas que todos mis propósitos.
   Cuando aquella tarde encontré mi puerta abierta de par en par, gracias al juego de tus manos, algo se revolvió en el fondo de mí. No contra ti (o, al menos, no sólo contra ti), sino contra este mundo que estamos construyendo. Por eso me gustaría saber quién eres, cómo eres. Conocer si eres consciente —como yo lo soy— de lo inhabitable que, entre todos, estamos volviendo este planeta. No quiero ni pensar que la droga haya terminado ya de pulverizar tu conciencia.
   Aquella noche dormí mal. Me despertaban inexistentes ruidos. Veía regresar monstruos que, a lo mejor, se parecían poco a ti o que eran como tú multiplicado, como lo que tú acabarás siendo si sigues por ese camino. Una rabia secreta me poseía. No porque tú me hubieras robado —ya que, de hecho, nada te llevaste y debía, en rigor, considerarme afortunado—, sino por vivir en una sociedad que, quizá, primero te cerró las puertas del trabajo para abrirte luego de par en par las del vicio. Y del vicio más destructor y caro.
   Durante los diez días siguientes me seguí sintiendo extraño. Llegaba a casa con un amargo latir del corazón, imaginándome de nuevo La puerta violentada, entrando a ella con miedo a encontrarte dentro,
navaja o pistola en mano y tembloroso.
   Corta debía de ser mi confianza. Capitulé al sexto día, convencido, no sé por qué demonio, de que sólo una puerta blindada devolvería la paz a mi corazón traumatizado.
   Y ahí están, cerrojos, barras, planchas de acero, llaves supercomplicadas, todo un armamento defensivo. Igual que si viviera en una caja de caudales, convertido yo mismo en un lingote de ese oro que desprecio.
   Ahora me siento mucho más tranquilo. Pero mucho menos hombre. Mucho menos fraterno. Y no me duele el dinero que, gracias a tu hazaña, he debido gastar. Me duele saber que ha aumentado el número de los que desconfían, de los que viven con el alma repleta de mastines.
   La culpa no es sólo tuya. Mía también. Y este sentimiento de culpa común es lo único humano que he sacado de esto. Me gustaría, por todo ello, que tú pudieras leer estas líneas y que sintieras algo parecido. Así los dos sabríamos que tu avaricia y mi miedo se juntaron para construir esta tristeza.

Invitación

     Lo que alguien describe o analiza en un lugar del mundo no resulta ser exclusivo, porque al mismo tiempo o antes o después volverá a verse y vivirse en otros lugares. Por ello, lo que aquí aparezca es válido para todos. Veamos cómo responden acá o acullá...

viernes, 17 de septiembre de 2010

Santa Apolonia

La colina Santa Apolonia es la atalaya natural del valle de Cajamarca. El atractivo de dicho lugar se enriquece con lo pintoresco de su estructura, relieve e historia.